Lise Moller
TÚMULO
7 de mayo al 11 junio del 2015

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El Pasado como alga y el presente como trama, en  trabajos recientes de Lise Moller.

“Quien inventa los objetos es maestro en disponerlos de manera capaz de recibir las luces y las sombras tal y como las desea en su cuadro.”

Roger de Piles, Teoría del Arte

El arte de Lise Moller es un elogio al oficio de la observación del paisaje marino local. Sus constantes recorridos por las playas de la Quinta Región no son otra cosa que un constante ir y venir de la costa al taller para transformar las algas recolectadas en volúmenes o tejidos de formas misteriosas, los que pueden ser admirados cada cierto tiempo, cuando la artista decide exhibir sus trabajos.

Algunos observadores en torno a su quehacer hablan de “fardos totémicos”, otros destacan la belleza sublime que emanan de estas formas orgánicas y de cromatismos simples, dignificados por el hacer de la artista. En ese orden de ideas, me seducen de su trabajo las texturas y amarres que van surgiendo del simple acto en doblar, anudar, tensar y luego trenzar. Casi como un juego infinito en donde solo la intuición de ella es capaz de buscar un diálogo con la materia elástica para dar por finalizada la obra.

El pasado como alga y el presente como trama, instala su obra en la historia local de las recolecciones en los parajes desolados que en los años sesenta realizaron Cecilia Vicuña (1) y Claudio Bertoni, por citar dos nombres que han vinculado su actividad visual a lo precario como forma artística. Tal condición de trabajo hace de los objetos de Lise Moller –una vez que ella los da por finalizados– se vayan transformando por la acción del tiempo, hasta convertir ese juego de nudos y amarres en la huella invisible de una materia ahora frágil y quebradiza. De ahí entonces que muchas de estas piezas deban ser presentadas en cofres transparentes, a la manera de reliquias naturales, para que el espectador pueda apreciar no solo la faena artística, sino que también la materia inerte, alejada del oleaje y roquerío marino.

Como en la reflexión de Roger de Pires, Lise Moller es diestra en disponer sus objetos orgánicos en el espacio de exhibición para la contemplación pública. Algunos de ellos comparecen en vitrinas transparentes, otros como marcas en el piso de la galería, para sentar un precedente de un origen, el paisaje costero. Ello vuelve al hacer de la artista en un bello diálogo entre sus objetos, tensados o amarrados, y el lugar que los acoge, el cual se activa, haciéndonos meditar sobre los tiempos que la artista ha invertido en plegar y luego almacenar el alga, para finalmente revelarla a la mirada pública.

La muestra realizada por ella junto al artista Andrés Vio en el Bodegón Cultural de los Vilos el primer semestre del 2014, es un notable ejemplo de lo que sostengo, pero también quienes la han visitado en su casa taller en Santiago, pueden corroborar como cada objeto en ese lugar tiene un sitio preciso. Haciendo que las luces y sombras del día vayan transformando este espacio cotidiano en un pequeño cuadro/museo de los momentos íntimos de la artista, reflejados en como viven los objetos creados por su mano hacedora.

Hace algunas semanas atrás, cuando Lise Moller me invitó a su epicentro creativo en el barrio Bellavista –con el fin de iniciar esta nota sobre su obra– no pude dejar de pensar en la reflexión de Jean Clair a propósito de la escultura de Arturo Martini, cuando reseña: “un arte así no está hecho para resolver los problemas que nos plantea el mundo material, sino para recordarnos el enigma que hace que este mundo nos emocione, y lo haga a través de todos nuestros sentidos. ¿Qué quiere decir una ola? ¿Qué quiere decir un perfume? ¿Qué quiere decir un cielo cuando la tramontana ha limpiado las últimas nubes y pulido su limpidez?” (2). Esto debido a que muchos de los trabajos que la artista, de manera paciente y oficiosa, me fue exhibiendo, exudaban esas preguntas fundamentales que todo buen arte posee.

Ahora bien, en aquella sesión de trabajo, Lise me introdujo en su proyecto expositivo –el cual hoy se exhibe en D21– titulado Túmulo, compuesto por una acumulación de pequeños fardos de alga, los que han sido dispuestos en el espacio de exhibición como si se tratase de una ordenada secuencia de reliquias, dispuestas cada una de ellas sobre repisas al muro, haciendo que el espectador se pregunte por la cantidad y recurrencia de estos objetos en su estado de reposo y contemplación.

Desde ese punto de vista, el gesto de la artista reproduce de manera visible el tiempo vertido en la recolección y confección de cada una de las piezas orgánicas, por tanto la exhibición de estos bultos no es otra cosa que una acumulación de momentos, donde la luz y la sombra que recaen sobre ellos, tamiza el conjunto como si se tratase de un universo de objetos delicadamente fúnebres. De hecho, el vocablo “túmulo”, designa la noción de acumulación y espíritu funerario, indistintamente. Haciendo que su perfecta limpieza sea una trampa, “como la estatuaria griega de la gran época, evita sobre los planos del cuerpo humano los huesos y los resaltos demasiado pronunciados que crearían una roturas de luz y de sombra, para dejar que los ojos y la mano perciban mejor la infinita delicadeza del modelado”. (3) Lo que para el caso de Lise Moller, no es otra cosa que el preciso acto de plegar y tramar, hasta dar forma al volumen requerido.

Así las cosas, no dejo de cavilar en ese perpetuo punto de partida en que cada una de las obras de la artista se manifiesta ante la mirada del espectador, como una secuencia de mudos testigos, provenientes de una geografía tan cercana para nosotros en su dimensión social, pero tan desconocida en su aspecto físico y geológico. Por tal motivo, el solo acto de recolectar las algas y luego transformarlas en objetos de arte, instala su práctica en la perfecta armonía de las mujeres que en el Japón ancestral recolectaban el abalón para sacar de ahí el nácar, o bien las mujeres en el pueblo de Rari al transformar el crin en bellos objetos ornamentales. Borrando así de manera sutil e inteligente las fronteras entre la escultura y la artesanía, para desde ese incierto territorio de la creación, dar una mirada renovadora a esta materia orgánica tan propia de nuestro paisaje costero y a la vez, imaginar nuevos procesos para el trabajo volumétrico.

Una de las preguntas que esta acumulación de objetos silenciosos y elegantes me provocan como espectador, es el sentido del orden y armonía que de ellos emana. Buscando las semejanzas y diferencias entre cada uno de los bultos, como si se tratase de un elenco de envoltorios venidos de una civilización tal vez olvidada, pero meritoriamente digna de ser traída al presente por medio de esta muestra.

Carlos Navarrete
Santiago de Chile, marzo de 2015

Notas :

1. Para una mejor comprensión de lo que sostengo véase a Justo Pastor Mellado, “Suspensión y disposición en el trabajo de Cecilia Vicuña”, texto catálogo de la exposición Semi ya. Galería Gabriela Mistral. Santiago, 2000.

2. Jean Clair, “La escultura, ¿lengua muerta? Arturo Martini” en Malinconia. Editorial Visor. Madrid. 1999. p.135

3. Marguerite Yourcenar,  Mishima o la visión del vacío. Editorial Seix Barral. Buenos Aires. 2002. p.42

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